Ciencia y política, una relación tóxica

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Lo estamos viendo desde hace unos meses, exactamente desde que un coronavirus bajo sospecha de intervención humana se hizo protagonista en este mundo sofisticado del siglo XXI. La actividad de científicos y expertos tecnólogos queda bajo el paraguas oscuro de los políticos y los intereses corporativos.

La situación no es nueva. Al acabar la segunda guerra mundial ciencia y tecnología pasan a ser centro de atención. Se produce una transformación en el quehacer científico, hasta la fecha un trabajo en manos de ´locos` y ´soñadores` según el imaginario popular. El científico era un señor –pocas veces señora- que trabajaba en su laboratorio, lejos del ruido mediático y de miradas curiosas. Sus descubrimientos no pasaban de encabezar algún titular de prensa y poco más. A partir de los años 50 del siglo XX las cosas cambian. La guerra dejó huellas y cicatrices en todos los ámbitos sociales. La sociedad, al menos la occidental, se reconstruye con rapidez y la investigación científica no es ajena a esa realidad. Entonces las injerencias políticas en la agenda científica, iniciadas durante el conflicto bélico, se incrementan. Ya no hace ciencia el más sabio sino el mejor relacionado con las administraciones públicas. La ciencia deviene en una cuestión de Estado. Queda despojada de todo misterio y de todo humanismo. Y así, aquellos países con mayor capacidad económica, léase USA y en mucho menor grado Inglaterra, Alemania, Francia y la Unión Soviética, moldean el por qué, el cómo, el qué, el para qué y el cuándo del quehacer científico. Los científicos notables son tratados casi como estrellas de cine, y los descubrimientos más importantes empiezan a ocupar un espacio considerable en los medios de comunicación hasta el punto de tomar cuerpo una nueva especialidad en la prensa: “periodista científico”. Aparecen revistas dirigidas al gran público, Scientific American es un caso paradigmático. Revista fundada en 1845 por Rufus Porter, tuvo un crecimiento espectacular a partir de 1960, realizando ediciones en otros idiomas y constituyéndose en la primera publicación de divulgación científica.

Desde entonces la información sobre ciencia y tecnología no ha dejado de crecer. En la televisión se realizan programas con gran éxito de audiencia. Lo mismo cabe decir en la prensa de papel, en la radio y, desde el inicio de Internet, en la red de redes. Se cuentan por decenas de miles los ´blogueros` que hablan de ciencia, millones de personas solo tienen en cuenta los “dogmas científicos”. Se renuncia a otras vías de conocimiento. Se crean asociaciones científicas, divulgativas, grupos de interés, fundaciones, etc. La ciencia es la gran protagonista de nuestro tiempo y, en paralelo, la gran perjudicada.

En efecto, al constituirse la ciencia en una actividad económica fundamental para el crecimiento económico y el poder político y del Estado, sufrió en el proceso una desnaturalización importante, donde criterios clásicos como el bien común basado en un humanismo de raíz religiosa fue amputado en aras de la eficiencia, la competitivad, la tensión por ser primeros y captar la mayor cantidad de fondos públicos y privados para seguir investigando. Un modelo perverso pero que indudablemente ha reportado grandes beneficios a sus promotores.

Ahora se habla de “grupos y equipos de científicos”, como los del fútbol, pero con “equipamientos deportivos” más sofisticados. Estos equipos forman verdaderas ligas profesionales, manejadas desde arriba según los intereses del momento. Las universidades, templos del conocimiento en el pasado, sufren una corrupción descarada, corporativismo, endogamia, politiqueo y todos los males imputables a una excesiva influencia de la política en la sociedad. Lo académico, antaño excelente y noble, ha quedado subsumido en la corrección política y el linsojeo a los que distribuyen prebendas y reinos de taifas. Siempre he dicho –y por ello me he llevado algún disgusto que otro- que la función política, siendo necesaria, tiene que estar limitada a la gestión de lo imprescindible en la vida de las personas y no formar parte de nuestro menú diario. Quienes se dedican a la ciencia tienen que ser libres para investigar, quienes escriben tienen que ser libres para escribir, quienes hacen arte tienen que ser libres para practicarlo, los intelectuales tienen que ser libres para ejercer una posición crítica; pero cuando veo que los noticiarios de tv dedican un 90% del tiempo a presentar noticias políticas y que son los políticos quienes protagonizan prácticamente todos los eventos y hechos de cada día, constato que esta humanidad está abocada al fracaso permanente, por muchos adelantos científicos que se produzcan.

La actividad científica se ha politizado, de hecho se habla de “política científica” con desparpajo y ligereza. Se le da más importancia que a la propia ciencia en sí.

En fin, estas son reflexiones que necesitan explicación más detenida. Y sobre ellas hablaba el otro día con algunos amigos que siguen trabajando en sus laboratorios. Todos, sin excepción, me manifestaron su malestar, el tiempo que pierden en papeleo, la competitividad desenfrenada a escala internacional, la inflación de publicaciones imposibles de leerlas todas, los requisitos casi lunáticos para conseguir una acreditación profesional, las zancadillas institucionales, los fraudes encubiertos, etcétera. Como mis amigos ya tienen una edad cercana a la jubilación, no piensan en otra cosa que en retirarse. No reniegan de la ciencia, ni de la investigación, ni del conocimiento; pero sí lo hacen de una situación donde siempre priman intereses ajenos a la propia ciencia.

Otra cuestión que salió en la conversación fue la ausencia de reflexión sosegada sobre la ciencia. Existe una filosofía, un pensamiento muy fecundo que ha quedado casi amputado. La velocidad en innovaciones de todo tipo acarrea una reflexión ética y social mínima, con consecuencias que saltan a la vista.

El malestar es creciente y con la pandemia actual se ha consolidado. Así, por ejemplo, en España, pero también en otros muchos países, las autoridades gestionan información y datos científicos con una ligereza tremenda. Se secuestran cifras, se manipulan las que nos presentan con estadísticas maquilladas y se ocultan sistemáticamente los hechos reales. Muchos profesionales sanitarios no dicen lo mismo en público que en privado. Hay miedo a las represalias ejercidas desde los poderes públicos, miedo a perder tal o cual subvención, tal o cual ascenso profesional, etc. Es muy humano el miedo y muy dañino.

Así las cosas, no me extraña que mis amigos ansíen la jubilación, el apartarse de una actividad vocacional que proporciona pocos gratos momentos y sí muchos problemas.

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Transforma tu cuerpo entero en visión, hazte mirada. (Rûmi) | Email: jlnava.spain@gmail.com

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